Dentro de mí: Emmo

Hoy traigo a mis lecturas Dentro de mí: Emmo, de Jaime Blanch. Lo terminé de leer hace unos días, en abril de 2018, pero algunas de las cosas que me ha traído su lectura son recuerdos de tiempo atrás.

Antes de Emmo

Emmo es un alien que contacta en un plano psicológico con David, un terrícola de nuestra época actual afincado en la ciudad de Castellón. Esto lo viene a adelantar ya la sinopsis que ofrece Jaime Blanch sobre su libro. Y es lo que me enganchó para leerlo porque la temática tocaba de lleno un par de antecedentes en mi vida (vida literaria y de ficción, ojo, ¡que no quiero decir que me haya abducido nunca un extraterrestre!)

En el año 2014, hace ya cuatro años, redacté un cuento breve, Arak, para uno de los retos de escritura que se proponían regularmente en los Foros de Fantasía Épica (sitio genial, desaparecido por desgracia hace ya años). El reto trataba sobre villanos, y el puñado de escritores que nos presentamos teníamos la misión de escribir cuentos en los que el villano brillara y fuera original. En estos retos, además de escritor, uno participaba sobre todo como lector: debía leer y calificar en resto de obras presentadas. Descubrí villanos psicópatas, paranormales, divertidos, macabros y hasta animales (me refiero al sustantivo). Yo escribí sobre Arak, un ente extraterrestre con la capacidad de instalarse en el cerebro de una persona y así poseerlo y dominarlo, con la malévola misión de conquistar la Humanidad. Aquel reto me sirvió como gran experiencia. Quedé el último o de los últimos en puntuación entre los que se presentaron al reto, no recuerdo bien, pero me sentí ganador por lo que aprendí de los demás, de sus textos y de sus críticas hacia el mío. Desde entonces, hago un uso mucho más correcto del guionado en los diálogos, por ejemplo. A pesar del escaso resultado cosechado por aquel cuento, seguía considerando que Arak, mi villano, tenía muchas posibilidades en ficción gracias a su capacidad de poseer cerebros y voluntades.

Pero Arak no fue el único psicoalien con quien me topé antes de Emmo. El verano pasado, disfruté con mi familia de unos días en casa de unos amigos en Suiza. Tengo la manía de cotillear los libros de las casas ajenas, ¡qué le voy a hacer! Me pego como una polilla a las estanterías y repaso los lomos verticales uno a uno. En aquella casa de Suiza, me topé con The Deep Link de Veronica Sicoe. La sinopsis era más que prometedora: una joven entabla contacto psicológico con un señor de la guerra alien, en un contexto de lucha de poderes a escala galáctica y en el que los humanos no son protagonistas. No leí el libro, pero jugué a imaginar varias historias inspiradas por la portada y su sinopsis.

¿Por qué Emmo?

En los últimos meses estoy incorporando bastante ciencia ficción a mis lecturas: clásicos como Asimov, novedades de éxito como Ready Player One de Ernest Cline, y autores autopublicados como Miguel Ángel Alonso Pulido. Fue a través de este último que conocí la actividad literaria de otros dos autores españoles: Alberto Meneses y Jaime Blanch. Es una alegría saber que hay cantera en España para un género como la ciencia ficción. Por eso era solo cuestión de tiempo que agarrara algún libro de uno de ellos. Y fue Emmo, con esa sinopsis que me recordó a mi malvado Arak y al sugerente título de Veronica Sicoe, por el que decidí empezar.

Mi lectura de Emmo

He disfrutado mucho la lectura de Dentro de mi: Emmo. Algunas críticas y reseñas sobre el libro que he consultado lo valoraban bien, con dos puntos de crítica principales: el inicio se hace lento y tiene moralina. Entiendo ambas objeciones, pero también el propio libro me ha dado argumentos para considerar estas críticas no como puntos negativos, sino como puntos interesantes sobre los que reflexionar, especialmente si uno es escritor y, como yo, además de la lectura convencional añade una que pretende aprender a mejorar los textos propios.

Un inicio lento, ¿o no tanto?

El inicio de Emmo es lento si lo comparamos con lo frenética que se ha vuelto la ficción moderna. Tan rápido suceden las historias hoy en día que, si los primeros compases no son explosivos, los autores y guinostas tienden a mostrar de primeras la historia por la mitad, mediante un in media res que adelanta una futura situación límite, para luego cortar con el típico «una semana antes…» o similar y comenzar la historia por el principio. El libro de Jaime Blanch puede parecer lento en sus primeros compases también porque la promesa que hace en la sinopsis es buena y, como lector, cuando sabe que en un libro sale un alien, quiere verlo en acción cuanto antes. Sin embargo, el ritmo de Emmo está totalmente justificado. Todos los elementos que se presentan en los primeros compases del libro se retoman y redondean más adelante; no hay subtramas vacías y todo lo que se cuenta aporta al conjunto de la historia. Además, la historia presenta un viaje del héroe para el protagonista bien estructurado y que necesita cocinarse a su ritmo. Por eso creo que, en realidad, no es un inicio tan lento.

Moralina

La moralina, según la entiendo yo, sucede cuando el narrador se posiciona. En Dentro de mí: Emmo, la moral que se transmite es la de los diferentes personajes, no la del narrador. Estoy convencido de que el mensaje central es algo que el autor ha querido transmitir con toda la intención, pero lo hace sin salirse de los márgenes de la ficción y eso se agradece. Toca la frontera de la moralina pero no la traspasa. Está a años luz de un libro de autoayuda, y muy lejos de los cuentos para niños rubricados con una moraleja, por si no ha quedado clara la enseñanza del cuento. Estoy seguro de que si, en lugar de esta ambientado en la Castellón de hoy en día, el autor hubiera optado por la Edad Media, el lejano oeste americano o la Era Hiboria, las críticas por la moralina serían mínimas. ¿Por qué? Porque los lectores tendemos a interpretar las ficciones que suceden en nuestra época y entorno cercano de manera distinta y más opinable.

Y, ambientada en esta época y en Castellón, ¿es ciencia ficción?

Dentro de mí: Emmo no es ciencia ficción. Contiene elementos de ciencia ficción, bien diseñados y tratados, pero su papel no es central. El alienígena Emmo conecta con el terrícola David y se desatan una serie de cambios y nuevas situaciones, pero en ningún momento David se ve involucrado en conflictos de escala interplanetaria o galáctica, ni siquiera en una encrucijada para salvar la Humanidad. No es un libro que despliegue acción a escalas épicas, sino una historia de viaje personal, una novela de personajes y enfocada en los conflictos internos. Un libro de sentimientos.

Enseñanzas recibidas como escritor

Si eres escritor, este libro es muy interesante. La técnica de la retrospectiva o flashback está bien utilizada, a través de los sueños y recuerdos que afloran gracias a la interacción psicológica entre David y Emmo. Es un buen ejemplo de cómo una ficción de este tipo puede situarse en un escenario actual y cercano, y no es necesario irse a algún lugar de Estados Unidos para hablar de extraterrestres. El debate de si el ritmo es lento o de si contiene mayor o menor nivel de moralina puede ser muy enriquecedor y ayudar a tomar conciencia de cómo estamos tratando estos puntos en nuestros propios textos. Analizar el viaje del héroe ejecutado por David es también un buen ejercicio, ya que, sin tratarse de una trama de aventuras clásica, sí que responde bien a esa estructura y servirá para entender mejor cómo aplicar el viaje de héroe en nuestras tramas. El contraste entre lo normal y cotidiano con lo absolutamente fantasioso funciona bien en este libro; David y su vida son absolutamente corrientes y el autor no demuestra cómo es más que posible obtener con estas premisas una historia más que interesante. Pero, sobre todo, si construir y mostrar los sentimientos de tus personajes se te hace cuesta arriba, este libro es un ejemplo genial de cómo hacerlo.

En resumen, es un libro original, entretenido, con una estructura cuidada, que demuestra un buen uso de elementos de ciencia ficción, con moralina para quien la quiera ver y le parezca interesante adoptarla, lleno de buenas escenas y cargado de energía positiva. Y, lo mejor de todo, ¡tiene un alien que se mete en tu cabeza!

De libros y bares

El martes 20 de marzo me bajé a comer en solitario a una cafetería libreta en mano, con la intención de anotar ideas para hacer algo distinto en el mundo del libro.
Emborroné unas líneas con algo así:

  • Feria del libro ambulante. Recuerdo que en en el pueblo de mi madre, donde pasé la mayoría de los veranos y vacaciones de niño, de vez en cuando venía Catalino. Era un vendedor que traía en su furgoneta embutidos y quesos. Se anunciaba por megáfono y las señoras del pueblo hacían cola para comprarle. ¿Por qué no libros? Estoy convencido de que muchos municipios pequeños no tienen librerías.
  • Firmas y presentaciones ambulantes. Ya que estoy en mi pueblo vendiendo libros, además de llevar los que creo que pueden gustar al perfil de habitantes de allí -libros de remedios naturales, de cocina, libros escritos por gente que sale en la tele, alguna novela clásica…-, puedo llamar a un escritor que viva en Plasencia (la ciudad más cercana) o a alguno que esté por la zona de vacaciones o de viaje y aprovechar para que presente un libro suyo. Esta idea se puede sofisticar un poco, quizá eso de geolocalizar escritores puede dar juego.
  • Libros en directo. He asistido en mi vida a 5 o 6 actuaciones de cuentacuentos. Menos de las que quisiera, pero suficientes para conocer la mecánica: bar con un pequeño escenario, a veces minúsculo, que organiza monólogos, cuentacuentos, magia o música en directo para atraer clientes. La primera consumición a veces cuesta el doble y ahí se viene a pagar la entrada. Los cuentacuentos traen un repertorio variado: cuentos tradicionales adaptados en unas ocasiones, cuentos originales en otras. ¿Y si uno tuviera la opción de comprarse el libro donde encontrar las versiones literarias de uno o varios de los cuentos orales que ha escuchado? Probablemente haya algunas ventas en el propio local.

De momento las ideas son ramplonas, pero confío en dar con algo más original. Me encuentro en esto cuando entra un chaval a la cafetería donde me encontraba comiendo y anotando ideas. Trae un paquete de libros. Muy tímido y educado, el joven se dirige a una chica que estaba tomando un café a solas. La más guapa del bar, también. Le dice que es escritor, que se autopublica y que además los promociona y los vende. Le deja un ejemplar en la mesa sin compromiso para que lo mire. Luego hace lo mismo conmigo. Echo un vistazo a su libro. La sinopsis de la contraportada ni fú ni fá, pero por dentro parece cuidado y bien editado. Le doy una oportunidad. Vuelve igual de tímido y educado que vino. Es argentino y no esconde su acento. Le digo que quiero que me lo firme. Él sabe que tiene que decirme cuánto cuesta antes de nada. Son doce euros, noto que no es su parte favorita de la conversación, es escritor, maldita sea, no vendedor. Le tengo que dejar yo el bolígrafo porque viene desarmado. No debe de saber aún que su firma en ese momento y en ese lugar es valiosa. Me lo dedica. Se lo pago. Mientras anda buscando el cambio le suelto que yo también soy escritor para llenar el silencio incómodo de trasiego de billetes y monedas. ¿En qué estas trabajando ahora?, me dice apuntando su vista a mi libreta. En un librojuego, le digo. ¿De verdad? Coge su novela, busca una página y me enseña una referencia que en un momento dado hace uno de sus personajes a «Elige tu propia aventura». Él cree que aquello es una gran casualidad. Si le llego a decir que no estaba con un librojuego, sino que estaba pensando maneras de vender libros en bares justo cuando entró, lo mismo se marea del susto.


«Pastelería América III», el lugar de los hechos, foto de TripAdvisor

Esta anécdota es totalmente real, aunque parezca más un cuento. Es así conocí a Emmanuel Marzía y adquirí su libro «Madreselva» para mi biblioteca dedicada, con anécdota incluida. Me llevé una lección de regalo sobre el empeño y lo que significa tener ganas de progresar como escritor. «Madreselva» está ya en mi lista de lecturas pendientes; algo me dice que será una novela interesante y que habrá próxima reseña en esta web.

 

Alcorque nº 3 (1995)

Revista Alcorque, nº 3 (diciembre 1995)

Los dos primeros números de Alcorque se crearon en el aula de literatura del curso escolar 1994-1995. La experiencia de aquel curso, incluida la revista, me encanto, y volví a matricularme al año siguiente. La profesora, Consuelo Cerejido, tuvo la habilidad de plantear un curso de escritura apropiado tanto para los que veníamos del año anterior como para los nuevos.

Una de las incertidumbres era si seguiríamos adelante con la revista Alcorque. Sí, lo hicimos. Varios de los compañeros del curso pasado volvíamos a estar juntos y con ganas de continuar el proyecto.

Entonces hacía ya un par de años que conocía a Raúl Yebra y nos habíamos intercambiado varios cuentos. Nos presentó Miguel Ángel Viejo, mi mejor amigo del colegio. Nos dejamos de ver paulatinamente cuando terminamos la EGB y fuimos a parar a institutos diferentes. Cada vez nos veíamos menos, y en una de esas me presentó a Raúl. Cuando me habló de él la primera vez me dijo algo así como «Está loco y también escribe, te lo tengo que presentar». Quedamos varias veces y comprobé que su locura era en realidad una creatividad desbordada. Supongo que en algún momento le recomendé los cursos de creación literaria y, este año, Raúl también se matriculó y fuimos compañeros de clases.

«El bosque de las almas en pena» fue el relato que Raúl publicó en el número 3 de Alcorque. Yo incluí «El aroma de las estrellas», un cuento que mejoraba sin duda mis trabajos anteriores para los números 1 y 2 de la revista. Mis amigos Ana Garrido y Juan José Alcolea se decantaron por los poemas «Vértice» y «Una tarde cualquiera de otoño», respectivamente. Otros títulos de las obras allí incluidas me traen sensaciones especiales, como «Borobudul», «Relumino» o «Interior de un cuadro sin luz», y me he descubierto con cierta resistencia a continuar más allá del título por si, después de tantos años, una nueva lectura pudiera hacerles perder su magia. Existe, o debe existir, el derecho a no releer algo que nos gustó mucho tiempo atrás, igual que existe el derecho a dulcificar los recuerdos.

La genialidad de Yolanda Núñez estaba presente de nuevo. Su técnica de maquetación artesana y su habilidad para explotar las posibilidades de las fotocopiadoras se encuentran por toda la revista y, sobre todo, en las páginas centrales. Nos divertimos con las manualidades navideñas que incluimos entre todos. Aquel diciembre, antes de irnos de vacaciones, quedó lanzada. Había pasado casi un año desde el primer número de Alcorque, que vio la luz el febrero anterior. Yo, encantado de haber publicado en tres ocasiones durante aquel año de 1995 gracias a la revista y a la Universidad Popular de Alcorcón.