Peter Fechter y «Estrella blanca, estrella roja»

Hay muchos sucesos pasados que ignoro y que, cuando los descubro, me golpean con tanta vigencia como si fueran noticia.

Hace un tiempo me interesé por Nino Bravo, ese cantante de voz poderosa, vídeos en blanco y negro y del que todos -al menos todos los de mi edad- sabemos de memoria algunos estribillos.

Descubrí que la famosa canción Libre se suele atribuir a la historia real de Peter Fechter.

Peter Fechter

Peter fue asesinado en 1962 al intentar cruzar el muro de Berlín. Tenía solo dieciocho años. Fue tiroteado por la Deutsche Grenzpolizei, los militares encargados de vigilar la frontera entre las dos Alemanias. El joven se desangró durante una hora, sin ayuda, delante de decenas de testigos.

Dieciocho años. Un niño.

Yo a los dieciocho años no tenía la misma conciencia del riesgo que tengo ahora. De alguna manera, niños y adolescentes se sienten inmortales. Pero no lo son. Viven muy intensamente y su capacidad de disfrutar es tan enorme como su capacidad para sufrir.

Quizá desde que soy padre me he vuelto más sensible. Cuando leí la historia de Peter Fechter y su trágico final, me afectó de verdad. Sí, un suceso viejo, ya reivindicado y homenajeado, una herida cicatrizada, pero me golpeó con toda la contundencia del presente. Sentí una tristeza enorme y una rabia tremenda. Aquella injusticia, aquella atrocidad, no podía quedar así. Y me daba igual que el muro ya hubiera caído en 1989. Tuve unas ganas enormes de emprenderla a martillazos con una almaina contra aquel muro, como si derrumbarlo físicamente me ayudara a pasar el trago.

Pero no queda ya muro que derribar. Y no tengo una almaina a mano. Tengo, eso sí, papel, bolígrafo y un teclado. Porque soy escritor.

Así creé, como mi homenaje particular, el personaje protagonista de mi relato Estrella blanca, estrella roja, Peter Janos. Lo ubiqué en la ciudad ficticia de Fehresvoros, unión de dos antiguas ciudades enemigas y atravesada por un río, como un trasunto steampunk de Berlín o de cualquier otra ciudad herida tras una guerra. Utilicé palabras en húngaro para poblar el relato de nombres con aire a Europa central y del Este. Y, sobre todo, quise que explotara todo. Sí, quise utilizar el relato como canal en el que detonar toda la rabia que me había provocado la triste historia del otro Peter, del real, de la víctima Peter Fechter.

Por supuesto, mi versión de escritor racional acudió después para construir la historia de Estrella blanca, estrella roja desde una posición, digamos, más profesional y coherente. Importaba también la escaleta de la historia, el estilo, el ritmo, la ambientación, y no solo la víscera pura.

Añadí elementos románticos, sal y pimienta de mi despensa de experiencias lectoras y que cogí de la balda dedicada a La mecánica del corazón de Mathias Malzieu o de La brújula dorada de Philip Pullman, o de mis referencias audiovisuales como Avatar, la leyenda de Korra.

Uno de los ingenios steampunk de Avatar, la leyenda de Korra

Apliqué técnica y oficio para el desarrollo de la trama y, sobre todo, quise escribir un relato que le gustar a mi mujer.

Pero la fuerza inicial seguía ahí. La ciudad partida en dos que se lleva almas por su cicatriz.

Creo que no se puede escribir sin un impulso inicial de rabia, amor, tristeza, esperanza o de alguna emoción primaria. Luego viene todo lo demás y, sí, entra en juego el escritor profesional, práctico, capaz de crear una historia con los elementos que tiene encima de la mesa y a base de constancia. Ahí ya no hay musa ni rabia y el trabajo es eso, trabajo, nada de inspiración romántica.

Pero hubo una pulsión inicial. Una fuerza que hizo a la historia nacer. La historia de Peter Fechter que conocí gracias a Nino Bravo y a su grandiosa forma de cantar Libre.

Cómo hacer un cuento de brujas para niños

Me gustan los making of de películas y series, esos pequeños documentales que cuentan cómo se hizo. Por eso, como escritor, me gusta incluir una sección de cómo se hizo en mis libros. Naksatra, el recopilatorio de cuentos que publiqué en 2017, incluye uno muy detallado en el que explico el proceso creativo de cada uno de los textos y, también, del libro en su conjunto. Escrito en piedra: Nigredo también incorpora un apéndice, esta vez muy breve, que narra el proceso de creación de los microcuentos, aunque se centra en la parte material y plástica, de cómo caligrafiar un microcuento sobre piedras recogidas en distintos momentos y lugares de España con este propósito.

Cuando publiqué La bruja Maruja y su castillo, no incluí un making of. A diferencia de los anteriores, que son para adultos, La bruja Maruja y su castillo es un cuento infantil ilustrado y no consideré apropiado añadir nada más. Sin embargo, su proceso creativo ha sido genial y merecedor de un cómo se hizo: lo creé a medias con mi hijo Iván cuando él tenía 4 años, y eso lo hace muy especial. Además, las ilustraciones y la maqueta corrieron a cargo de Alberto, uno de mis mejores amigos. Así que allá voy, el merecido making of de La bruja Maruja y su castillo tendrá cabida, finalmente, en este blog.

Todo empezó el 30 de marzo de 2018. Agarré un cuaderno, un bolígrafo y le propuse a Iván escribir un cuento. Así, sin más. Los cuentos forman parte de nuestro mundo desde que mi hijo nació. Le he leído muchos pero, también, los he inventado para él. Estos cuentos inventados muchas veces no pasan de su versión oral. Iván, como cualquier niño, pide repetir los cuentos que le han gustado. Así, algunos de los que hemos inventado han ido evolucionando y puliéndose hasta funcionar realmente bien. La bruja Maruja y su castillo tuvo una primera versión del tirón, calculo que en cosa de menos de media hora. Quise hacerlo con dibujos y escribiendo letras, no solo como ejercicio oral, y también impliqué a Iván desde el primer momento en su creación. Mi hijo no sería un receptor pasivo, sino que construiríamos juntos la historia. Y funcionó. Suyos fueron los elementos principales: una bruja como protagonista, un castillo como lugar o escenario, y tirarse pedos como acción. Teníamos quién, dónde y qué, suficiente para empezar, y nos pusimos a ello. Así, libreta y boli en mano, creamos la primera versión. He escaneado sus 8 páginas originales para que podáis ver dos cosas. La primera, que el proceso creativo es muy divertido. La segunda, que soy tremendamente torpe dibujando pero sí, los dibujos son míos aunque parezcan de un niño.

Página 1: Los elementos iniciales los plantea mi hijo. Hay una bruja, aún sin nombre, que quiere tener su propio castillo. Es una bruja mala. Se dedica a hacer pócimas para reunir el dinero necesario para comprarse el castillo. Vamos creando el cuento juntos. Dibujo, escribo y se lo narro a mi hijo según evoluciona. Él permanece muy atento observando el proceso y participando en él.

 

Página 2: «Si alguien entra en mi castillo, lo tiro al pozo y me lo como». El mensaje del cartel es tal cual lo dijo Iván, copiado al pie de la letra. Yo hubiera optado por algo menos agresivo, pero preferí respetar la propuesta del niño.

 

Página 3: llega el momento de ponerle nombre a la bruja. De sus atributos, «mala» y «bruja», tomamos «Ma-» de mala y «-ruja» de bruja para montar «Maruja». Y para reflejar esto, ¿qué mejor que hacerla reír desde lo alto de una torre?

 

Página 4: ponemos a nuestra bruja Maruja a volar en una escoba. Después, le entró hambre. Creo recordar que Iván propuso que comiera una sopa, y yo aporté el polvo de escamas de dragón.

 

Página 5: la bruja Maruja se dispone a comer la sopa que ha preparado, sin saber que en lugar de sal ha echado nada menos que escamas de dragón. ¡Qué peligro!

 

Página 6: genial aportación de Iván. Las escamas de dragón provocan muchos pedos. Y no unos pedos cualesquiera, ¡nada menos que pedos mágicos!

 

Página 7: el verdadero problema de la trama de este cuento no era que la bruja necesitaba conseguir dinero para comprar el castillo. Eso lo resolvió fácilmente vendiendo pócimas. Sin embargo, ahora Maruja se enfrenta a algo más grave que no puede resolver sola. Los pedos que le ha provocado la sopa mágica han destrozado su querido castillo y necesita ayuda de los demás. La bruja Maruja debe hacer algo que nunca haría, que es pedir ayuda a los demás. Y para conseguir su ayuda, debe transformarse en una bruja buena. Este es el verdadero núcleo del cuento. Encaja a la perfección con la lógica de los cuentos que entiende Iván.

 

Página 8: final feliz, la bruja se hace buena, recibe ayuda y todo queda solucionado. Por supuesto, termina con la fórmula «Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado». Iván no se ha despegado de mi lado y lo ha pasado en grande viendo cómo se crea el cuento, con texto y dibujos, y participando de forma activa en su elaboración.

Lo siguiente fue mostrar orgullosos nuestra creación. Aquello era un cuento completo, con su trama y su desarrollo. Había detalles que ir puliendo, desde luego, pero ya tenía un material perfecto para contar a Iván una y otra vez.

La bruja Maruja y su castillo tenía potencial. Me gustaba y, mejor aún, le gustaba a un niño de 4 años. Decidí evolucionarlo a un cuento «de verdad», a una edición de libro infantil ilustrado como los que se apilan en la balda más baja de nuestra librería del salón, la pequeña biblioteca de Iván.

Tocaba pasar el cuento a ordenador, redondear algunos detalles, pulir y corregir el texto. También, pensar en el formato. Sería un cuento ilustrado a todo color y a página completa, con formato cuadrado. El texto llevaría una letra grande y de tipo ligada, esa que utilizan en los colegios para enseñar a leer a los niños. Todo esto no vino de un análisis concienzudo ni tampoco del azar. Los criterios para el formato respondían, ni más ni menos, a lo que yo mismo como padre buscaba en un cuento cuando tenía que elegir uno para mi hijo de, entonces, 4 años.

En este tipo de libros, el trabajo de ilustración es enorme. Mi amigo Alberto aceptó el reto de ilustrarlo y maquetarlo. Le pasé el texto y, a partir de ahí, fuimos dando los pasos necesarios. En esta fase el trabajo estaba en su tejado.  Hablábamos cada pocos días, casi más por mail que de viva voz, y utilizamos Google Drive para compartir los archivos. Recuerdo que era siempre una alegría recibir una actualización y hacer comentarios sobre los bocetos o dibujos originales. No podía resistir la tentación de enseñarle a Iván los progresos y preguntarle qué opinaba de los dibujos.

Ejemplo de doble página, tal y como lo vería el lector cuando abriera el libro por la mitad. La página de la izquierda está completa, la de la derecha abocetada. El trabajo de Alberto fue excelente. El texto se incluye ya con la letra ligada. Este punto intermedio es del mes de agosto de 2018.

El cómo se hizo podría tener todo un capítulo aparte en cuanto a diseño, ilustración y maquetación. Algunas de las cosas con las que tuvo que lidiar Alberto, además de concebir en imágenes una historia que era solo texto, fue con los dibujos originales en tamaño A3 y su posterior escaneo y ajuste para trabajar en digital, las pruebas de color con los distintos estándares, como CYMK, y las diferencias entre lo que uno ve en una pantalla de ordenador retroiluminada y lo que luego queda impreso en papel, el ajuste del grosor de la tipografía para que el ligado de las letras fuera continuo… y lidiar conmigo, el autor pesado, que en dos o tres ocasiones le pedí cambiar algún pequeño detalle del texto. Alberto aportó muchísimo a la historia, no solo las ilustraciones.

En paralelo, redactamos todas esas cosas adicionales al cuento como tal que debe llevar un libro: portada y contraportada, dedicatoria, sinopsis y un parrafito sobre los autores. Con todo el trabajo realizado y la maqueta en el formato exacto que elegimos de entre las opciones de Amazon, subimos el libro a la plataforma. El proceso requirió algunos ajustes adicionales y esperamos a recibir la copia física de prueba antes de publicar el cuento y que estuviera disponible para todo el mundo.

Y, por fin, el 28 de noviembre de 2018, ocho meses después de que lo cibiera con Iván, La bruja Maruja y su castillo era ya un cuento de verdad que cualquiera podía comprar. Inundamos nuestros Whatsapps con la noticia y por fin disfrutamos del resultado, del tacto de las hojas, de las ilustraciones o de regalarlo a los familiares más cercanos. Pero, sobre todo, era un gustazo volverlo a leer con Iván, que ya contaba con cinco años, y que seguía disfrutando con La bruja Maruja y su castillo.

La acogida es, y sigue siendo, estupenda. ¡Gracias por todos vuestros  cariñosos comentarios! Os animo a crear vuestras propias historias junto con los peques, es toda una aventura.