Aprender a escribir, papiros y pergaminos

Tenía diecinueve años y aquel curso de creación literaria lo dedicaríamos a escribir una novela.

No recuerdo si el propósito me lo puse a mí mismo o si era la consigna del curso. Creo que más bien lo primero, porque el temario de aquellas clases estaba enfocado más a dominar los diversos aspectos de la narración que a ponerlos juntos. Tipos de narradores, recursos estilísticos, descripciones… La profesora, Consuelo Cerijido, nos animaba a usar estas piezas en nuestra obra, por lo que también el curso planteaba, aunque no en un primer plano, ese objetivo de completar una novela. Por eso muchos de los ejercicios que realicé aquel curso fueron fragmentos de “Las aventuras de Kai”, mi primera obra larga. Recuerdo, por ejemplo, la descripción de la guarida del malvado Morcano vista desde la distancia por los protagonistas: quedó bien elaborada, llevaba un tiempo de dedicación extra ya que había sido mi ejercicio de descripción para las clases.

Yo estaba aprendiendo a escribir. Vale, sí, ahora también sigo haciéndolo, nuca deja de aprenderse. Pero entonces acudía a clases semanales de creación literaria y practicaba de una manera activa, consciente y con método gracias a aquellas clases de Consuelo Cerejido.

Hoy quiero contar una de las lecciones que aprendí entonces, con diecinueve años.

Al igual que hacen muchos (¡todos!) los escritores, me apoyaba en los sinónimos con el objetivo de no repetir demasiadas veces la misma palabra y de conseguir una lectura más agradable. En uno de los ejercicios que entregué a Consuelo, hablaba a veces de un pergamino y otras de un papiro, refiriéndome siempre a la misma cosa, un soporte donde la bruja Alexia tenía sus conjuros escritos con runas.

La corrección de Consuelo, en bolígrafo rojo, me enseñó que pergamino y papiro no eran sinónimos. El papiro es más antiguo y se fabricaba con materia prima vegetal. El pergamino, más resistente, se obtiene de piel animal. No pueden utilizarse como sinónimos porque, aunque ambos son soportes antiguos para la escritura, no son lo mismo, ni una cosa un caso particular de la otra.

Supongo que muchas personas sabían ya esa diferencia desde niños. Yo la aprendí con diecinueve años. El manuscrito que completé de “Las aventuras de Kai” no tiene, entre sus aproximadamente diecisiete mil palabras, ningún “papiro” y, sin embargo, “pergamino” aparece en cinco ocasiones. Apliqué la lección aprendida, algo que considero más importante aún que el hecho de aprender.

Aquel fue solo un ladrillo más en la construcción de mi muro de estilo. Me sirvió como aprendizaje de léxico y, también, de humildad. Estoy convencido de que sigo cometiendo errores, pero que son cada vez menos, o cada vez más sutiles. Quizá por eso aprecio tanto las sugerencias y los comentarios de mis lectores beta, o la labor de los correctores en las editoriales con las que he trabajado. Mucho más allá de detección de erratas, su contribución a conseguir un texto limpio es valiosísima.

Conservo esta lección del papiro y el pergamino con cariño. Como recuerdo a la profesora que me la enseñó, como recuerdo a mis diecinueve años y las ganas tremendas de aprender a hacer literatura que tenía. Y, también, porque, ¿acaso no es de lo más apropiado el papiro y el pergamino para aprender a escribir?

Imagen de Osama Shukir Muhammed Amin tomada de Wikimedia Commons

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