Escrito en piedra en la Semana Gótica de Madrid

El próximo 24 de octubre presentaré Nigredo: escrito en piedra en la librería Estudio en Escarlata. La actividad se enmarca en la Semana Gótica de Madrid 2017, y su formato es algo fuera de lo común. En primer lugar, somos cuatro autores que hablaremos de nuestras obras en lugar de la clásica presentación individual. Pero lo más interesante es que nos enfocaremos en el proceso creativo, en cómo se ha hecho la obra, las anécdotas y, en definitiva, todo aquello que aporta originalidad.

Nigredo es un libro, pero también una colección de piedras, un recopilatorio de microrrelatos o una exposición de fotografía. No se me ocurre un tipo de presentación más apropiada para Nigredo que la que se ha planteado para este evento. Además, la temática de lo inquietante, lo fabuloso, lo maldito y lo terrorífico de Nigredo encaja como un guante con la temática de la Semana Gótica de Madrid.

Además de los artífices de las otras tres obras que se presentarán el día 24, me acompañará Juan Miguel Lorite, amigo y diseñador editorial que ha sido pieza clave para construir, a partir de un conjunto amontonado de piedras y cuentos, el Escrito en piedra del que estoy tan orgulloso.

 

 

Eclosión

El microrrelato escrito en piedra Eclosión fue creado en la cala El Racó de Calpe (Alicante, España) el 5 de agosto de 2017.

Dejé la piedra, con su cuento caligrafiado a mano, en aquel mismo lugar. Es probable que aún siga ahí, o puede que la naturaleza o el hombre la hayan llevado a otro lugar. Si encuentras a Eclosión o tienes noticias suyas, por favor cuéntanos lo que sepas en los comentarios a esta entrada: cuándo la viste, dónde, qué sentiste al encontrarla, si tiene buen aspecto, si se le está borrando el texto… cualquier cosa. Si tienes la oportunidad de fotografiarla, te agradecería que enviaras la imagen para compartirla aquí y hacer un álbum histórico.

A continuación, incluyo la fotografía tomada el propio 5 de agosto de 2017 de la piedra Eclosión tal y como la dejé al marcharme, y la transcripción del microrrelato para quien no entienda mi letra manuscrita.

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Eclosión

–¿Has visto alguna vez eclosionar un asteroide? Dicen que de ahí nace un dragón.

Siguió pegado al telescopio.

 

El viaje de Eclosión, en mapas

Primera etapa

Calpe (Alicante, España), 5 de agosto de 2017

Peñón de Ifach, cala El Racó, entre el puerto deportivo y el Paseo Ecológico Príncipe de Asturias.

Segunda etapa

De momento, no tenemos noticia de que Eclosión haya cambiado de ubicación

 

Las ondas

Arrebatar el anonimato a una piedra mediante un microrrelato y lanzarla de nuevo a la intemperie genera ondas de pensamiento.

Durante mi (corta) estancia en Calpe en el verano de 2017, fui más consciente de la existencia de la Luna de lo que lo soy normalmente. En general, las vacaciones y el calor del verano nos sitúan más en la noche y en la relajación para mirar al cielo, nos da la oportunidad de recordarnos dónde estamos. En algún momento, imaginé que la Luna era en realidad un huevo, ¿y qué podría nacer de su interior? Sin duda algo enorme, legendario, poderoso y mágico. Algo como un dragón. Aquella idea era potente y, sin embargo, me parecía triste. La Luna es única y singular, y me apenan profundamente las historias basadas en temas como el último de los dragones o el final de la magia. Por eso quise que hubiera muchos más de estos huevos y pensé en los asteroides, suficientemente numerosos como para crear grandes ejércitos de dragones y superar esa miseria que a veces nos ofrece la fantasía con sus seres mágicos en extinción.

Todas estas ideas me rondaban cuando me enfrenté a la piedra en blanco, la mañana del 5 de agosto. Había salido a andar muy temprano, quería recorrer a buen ritmo el paseo marítimo y los alrededores del poderoso peñón de Ifach. Salí con mi rotulador indeleble en el bolsillo porque sabía que tendría que usarlo. En la cala el Racó, elegí una piedra y me senté allí mismo. Imaginé que la fantasía de los asteroides-huevo fuera real. En algún momento tendrían que eclosionar, y quién mejor que unos astrónomos para observar el suceso.

Así nació el microrrelato Eclosión. Espero que sus ondas activen otras imaginaciones, que generen otras ficciones futuras, tuyas, mías o de cualquier persona que quiera escribirlas.

El árbol y las hojas

El microrrelato escrito en piedra El árbol y las hojas fue creado en un parque cercano a la iglesia evangelista de Thalwil (Suiza) el 23 de julio de 2017.

Dejé la piedra, con su cuento caligrafiado a mano, en aquel mismo lugar. Es probable que aún siga ahí, o puede que la naturaleza o el hombre la hayan llevado a otro lugar. Si encuentras a El árbol y las hojas o tienes noticias suyas, por favor cuéntanos lo que sepas en los comentarios a esta entrada: cuándo la viste, dónde, qué sentiste al encontrarla, si tiene buen aspecto, si se le está borrando el texto… cualquier cosa. Si tienes la oportunidad de fotografiarla, te agradecería que enviaras la imagen para compartirla aquí y hacer un álbum histórico.

A continuación, incluyo la fotografía tomada el propio 23 de julio de 2017 de la piedra El árbol y las hojas tal y como la dejé al marcharme, y la transcripción del microrrelato para quien no entienda mi letra manuscrita.

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El árbol y las hojas

El árbol daba sombra al banco a cambio de lectura.

 

El viaje de El árbol y las hojas, en mapas

Primera etapa

Thalwil (Suiza), 23 de julio de 2017

Parque en la calleAlte Landstrasse, en las inmediaciones de la iglesia evangelista de esta localidad.

Segunda etapa

De momento, no tenemos noticia de que El árbol y las hojas haya cambiado de ubicación

 

Las ondas

Arrebatar el anonimato a una piedra mediante un microrrelato y lanzarla de nuevo a la intemperie genera ondas de pensamiento.

Pasé con mi familia unos días de vacaciones en Suiza. Nos alojamos en casa de unos amigos en la localidad de Thalwil, cerca de Zurich. Pasamos algunos ratos en este parque, y me fijé sin remedio en el banco y en el enorme árbol que se erguía a su lado. Me pareció un lugar estupendo donde sentarse a leer un buen libro. Imaginé una relación de simbiosis entre un lector y el árbol, uno recibe una sombra generosa y el otro se asoma a la lectura. También pensé en las diferentes formas de madera: con vida en el tronco del árbol, transformada en un cómodo banco donde sentarse y finalmente hecha papel de un libro. Pero el concepto de árbol lector me gustó más y redacté un texto que, más que un cuento, es una instantánea de la idea. No estoy contento con este micro, no es del todo redondo, le falta ese «clic» que indica que ha encajado todo bien. Es muy probable que lo retome y le dé más desarrollo.

 

 

 

Zumo concentrado de Diludia

Voy a cerrar la web en la que he trabajado tres años.

Así dicho de sopetón suena muy contundente, pero puedes imaginar que me ha costado unas cuantas semanas tomar esta decisión.

Mi web Diludia se ha cobrado muchas horas de trabajo. La inicié el 23 de abril de 2014 y ha sido mi casa digital hasta que le metí el freno de mano a principios de 2017. Publiqué en total unas 120 entradas y, sí, da pena cerrar algo que ya tiene un volumen tan generoso de contenido.

El esfuerzo puesto en esta web ha merecido la pena. Gracias a Diludia aprendí sobre blogging, la gestión de un espacio web y la ficción en toda su amplitud. Ha sido todo un máster de learning by doing. También aprendí al documentarme sobre una buena cantidad de temas. Incluí artículos sobre creación literaria, reseñas de libros, textos invitados de otros autores…

Este carácter tan general fue, precisamente, su perdición.

Comencé el proyecto con la idea de crear un gran sitio web sobre literatura, con foros al rojo vivo, textos originales y cientos de usuarios. El tiempo y la cruda realidad lo redujeron a un blog. La variedad de temáticas, más que dotarle de un carácter generalista, provocó que el foco de Diludia diera tumbos. No era una web de reseñas, tampoco una de consejos, técnicas y herramientas para escritores, tampoco una web de autor, unos foros o un lugar donde se publicaran textos originales, aunque tenía sal y pimienta de todos estos aspectos.

La experiencia me ha servido también para buscar y encontrar ahora lo que quiero. Por eso ahora he decidido centrarme en esta sencilla web de autor.

Muchas de las entradas de la vieja Diludia merecen la pena. La sección de cuentos invitados me encanta. Publiqué veinte de este tipo. El proceso era delicioso: contactar con un autor, pedirle un cuento, recibir un sí o un no, leer el texto, convertirlo en una entrada, volverlo a leer, informar al autor, leerlo de nuevo… Siempre tuve la intención de contribuir a la difusión de autores interesantes, aunque me temo que por lo general ellos aportaban más a Diludia de lo que recibían a cambio. También algunos de los artículos de producción propia merecen permanecer online y me apena de verdad saber que, en cuanto se acabe el contrato con el hosting que las sostiene, desaparecerán. Por eso he rescatado en mi disco duro una copia de Diluda al completo. Tengo la intención de reeditar algunas de las entradas más interesantes, de actualizarlas, mejorarlas y publicarlas en este blog de autor. Sí, aquí voy a ir sirviendo poco a poco zumo concentrado de Diludia.

Puedes intentar visitar el Diludia original en www.diludia.com, aunque es probable que ya no exista o que el dominio haya sido adquirido por otra persona y lo esté usando para algo totalmente diferente de la literatura.

Adiós, viejo amigo. Han sido tres años fantásticos, ¡descansa en paz en el limbo de los blogs perdidos!

 

Escribir a máquina: el punto de mira

Pertenezco a la última generación que ha utilizado máquinas de escribir.

Recuerdo cuando uno de estos aparatos entró en casa por primera vez. Yo era solo un niño pero ya escribía cuentos a mano. Tendría alrededor de diez años. Aquella máquina, una Olympia AEG Traveller de Luxe portátil, tenía unos materiales de un olor característico, exigía cierta fuerza en los dedos para imprimir las mayúsculas (el rodillo al completo se alzaba con todo su peso al pulsar esa tecla) y tenía tendencia a desplazarse sobre la mesa si uno tecleaba demasiado deprisa o saltaba de línea con brío. Y, por supuesto, sonaba como una ametralladora.

Creo que mis padres eran totalmente conscientes de que me haría una gran ilusión escribir a máquina porque me encantaba inventar mis propias historias, por mucho que la excusa oficial fuera la del uso académico. En aquella época, mis profesores aceptaban trabajos escritos a mano sin ningún problema. Sospecho que incluso lo preferían así, porque eso les aseguraba que el trabajo lo había realizado el alumno y no lo había tecleado nadie por él.

Rellené cientos de páginas con aquella máquina, hasta que compramos un ordenador y entonces pasó a segundo plano. Incluso salió de casa y acabó relegada al pueblo, donde van a parar tantos objetos para afrontar su etapa final.

En una de mis últimas visitas al pueblo, rescaté la vieja Traveller de Luxe y me la traje a Madrid. Gracias a Amazon encontré un carrete de tinta y, como si volviera a fluir la sangre por sus piezas mecánicas, resucitó. Otra vez el olor de sus materiales, su sonido y su textura de casi treinta años atrás. Mis dedos despertaron por la exigencia de unas pulsaciones más enérgicas, después de tanto tiempo adormilados en teclados ergonómicos y silenciosos de ordenador.

Hasta aquí la parte romántica, que seguro que comparto con otros de mi edad, pero que a los más jóvenes les sonará a batallita. Sin embargo, descubrí también cosas nuevas al recuperar mi Olympia, algunas características que podrían hacer considerar a la máquina de escribir una alternativa para redactar ficción incluso hoy en día, que vivimos rodeados de ordenadores y software de escritura maravillosos. Voy con ello: seis razones para escribir con una vieja máquina.

El punto de mira. La máquina de escribir mecánica tiene un punto de mira en todo el centro. Un punto de mira fijo, violento, que no se mueve. El papel es el que se desplaza, de derecha a izquierda según se avanza por el renglón y de abajo a arriba según se cambia de líneas. Podemos quemar el foco de generación de letras con las pupilas, escribir concentrados en un único maldito punto, sin distracciones, y como si estuviéramos disparando. Los editores de texto de un ordenador obligan al ojo a moverse, a seguir el cursor, y eso en cierto modo nos convierte en borregos. Nos hace bajar la vista a cada cambio de línea y podemos acabar mirando abajo del todo en la pantalla, como si nos inclináramos ante el ordenador. La máquina de escribir nos hace más altivos, nos fuerza a concentrarnos en un punto y nos posiciona como los jefes y controladores de nuestra historia. Sí, hay procesadores de texto que ofrecen una opción con ese comportamiento, pero ninguno lo trae activado por defecto y por lo general sólo bloquean el desplazamiento vertical, pero no el horizontal. La máquina de escribir nos mantiene al teclado, nos coloca el papel donde debe estar, no nos obliga a soltar los mandos para coger el ratón ni nos distrae las pupilas por los rincones de una pantalla llena de pulgadas.

Escribir con fuerza. Estoy convencido de que tanto el sonido como la tensión extra necesaria para mover las teclas de una máquina mecánica influyen en la manera de redactar. Sería muy arriesgado aconsejar máquina de escribir para novela negra o bélica y teclado silencioso para espiritual o romántica. Pero, ¿por qué no? El cerebro funciona de forma compleja y no me extrañaría que hiciera asociaciones entre la realidad física y el resultado de lo que estamos escribiendo.

A la primera. Ojo, en una máquina de escribir corregir es un horror. Es mejor arrancar el papel del rodillo, hacerlo una pelota, tirarlo y empezar la página de nuevo. No tiene sentido ninguno utilizar uno de estos cacharros para editar y pulir un texto. Pero quizá sí para redactar el primer borrador, ese en el que lo esencial es continuar y no perder el flujo de la historia, ese en el que manda el escritor creativo sobre el corrector o editor. Estoy convencido de que, además, a la larga es posible conseguir una disciplina de pocos errores. Los primeros ensayos con máquina de escribir mecánica nos harán sentir indefensos sin esa socorrida tecla de borrar, o sin esos controles para seleccionar, cortar, pegar, mover, revisar ortografía o mil cosas más. Estoy seguro de que, a cambio, se desarrolla una disciplina y una mejor capacidad para minimizar errores. Y, siendo honestos, en un primer borrador de un manuscrito, ¿de verdad importan tanto las erratas?

Sin distracciones. Las máquinas de escribir no traen redes sociales instaladas ni permiten ejecutar aplicaciones o navegar por Internet. Y eso es una gran ventaja cuando uno dispone solo de media hora para escribir y necesita de verdad concentrarse. De nada nos sirve si seguimos pegados al móvil, claro. Creo que no me equivoco si apuesto a que ahora mismo te encuentras a menos de un metro de distancia de tu móvil, ¿a que sí?

Escritura sensorial. Uno de los mantras (acertadísimo, por cierto) de los cursos de escritura y los consejos para autores es eso de que «hay que escribir con los cinco sentidos». Pues bien, la máquina de escribir tiene tacto, sus materiales huelen, fuerza a trabajar con papel que es también algo físico y puede incluso cortarte si rozas su canto, y suena como un demonio. Se supone que los cinco sentidos hay que ponerlos en la ficción, pero no está mal usarlos también en la realidad, seguro que contribuye.

En vivo y en directo. Es probable que hayas oído hablar de esos poetas que se ponen en la calle, o que acuden contratados como curiosidad en algún tipo de evento, y que redactan poemas o pequeños cuentos. Hay quien se ha ganado la vida durante meses vendiendo estos breves textos únicos a los transeúntes. Seguro que conoces las Polaroid, esas cámaras que imprimen la foto en el acto que tienen un encanto especial y tan diferente de las digitales. Pues bien, una máquina de escribir mecánica es la Polaroid de la literatura.

Seis razones para utilizar una máquina de escribir. No son nada comparadas con las cientos de ventajas del ordenador pero, ¿a que ahora mismo te apetece teclear sobre uno de esos cacharros?