Escritor efímero

El 1 de mayo de 2018 visité con mi familia el famoso Huerto del Cura de Elche, un precioso jardín con una colección más que notable de palmeras, cactus y otras especies vegetales.

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Una de las panorámicas que ofrece el Huerto del Cura, con estanque, palmeras y cactus

Encontré los carteles que todo visitante espera y aprecia en un jardín botánico, con información sobre cada tipo de planta expuesta: especie, origen y otros datos. Pero me sorprendió otro tipo de carteles. Una placa en particular otorgaba a una de las palmeras el nombre de Wenceslao Fernández Flórez. Reconocí al escritor, ese de quien tuve un libro en las estanterías de mi niñez, que quizá siga en casa de mis padres. Me pareció precioso el homenaje, que un escritor pueda tener una palmera. Más aún, pensé que, por qué no, un escritor puede convertirse en árbol: a fin de cuentas, si el árbol luego se hace papel puede completar un curioso ciclo.

No esperaba encontrarme con aquello en el Huerto del Cura, pero la casualidad no me cogió tampoco desprevenido: llevaba conmigo mi rotulador indeleble. Tomé una de las numerosas piedras blancas y redondeadas que adornaban el jardín, plasmé mis sensaciones en un cuento brevísimo y devolví la piedra, hecha ya literatura, al punto exacto de donde la tomé.

 

Escritor efímero

Hay dos tipos de escritores: los que se convierten en piedra y los que serán árbol. Yo seré aire.

 

Esa misma tarde investigué un poco más. Descubrí la deliciosa tradición del Huerto del Cura de homenajear personalidades y obsequiarles con una palmera . También conseguí navegar hasta una fotografía del homenaje realizado a Wenceslao Fernández Flórez en diciembre de 1928.

Fotografía original de época, con Wenceslao, gabardinas, sombreros y el característico color sepia de las imágenes de entonces

 

El viaje del escritor efímero

Como otras piedras que he dejado en Málaga (Atavia), en Calpe (Eclosión) o en la localidad suiza de Thalwil (El árbol y las hojas), espero que este Escritor efímero experimente un viaje. Sin embargo, me gustaría que su viaje se centrara en las experiencias de las personas que se encuentren con ella, en su imaginación, y que la piedra permanezca en su lugar como un atractivo más del Huerto del Cura. No es sencillo, entre toda la extensión del jardín, dar con ella, así que imagino que será un juego divertido buscarla y una alegría encontrarla, cogerla para leerla de cerca, quizá hacerse una foto con ella, sopesarla y volverla a dejar en el mismo sitio.

 

 

De libros y bares

El martes 20 de marzo me bajé a comer en solitario a una cafetería libreta en mano, con la intención de anotar ideas para hacer algo distinto en el mundo del libro.
Emborroné unas líneas con algo así:

  • Feria del libro ambulante. Recuerdo que en en el pueblo de mi madre, donde pasé la mayoría de los veranos y vacaciones de niño, de vez en cuando venía Catalino. Era un vendedor que traía en su furgoneta embutidos y quesos. Se anunciaba por megáfono y las señoras del pueblo hacían cola para comprarle. ¿Por qué no libros? Estoy convencido de que muchos municipios pequeños no tienen librerías.
  • Firmas y presentaciones ambulantes. Ya que estoy en mi pueblo vendiendo libros, además de llevar los que creo que pueden gustar al perfil de habitantes de allí -libros de remedios naturales, de cocina, libros escritos por gente que sale en la tele, alguna novela clásica…-, puedo llamar a un escritor que viva en Plasencia (la ciudad más cercana) o a alguno que esté por la zona de vacaciones o de viaje y aprovechar para que presente un libro suyo. Esta idea se puede sofisticar un poco, quizá eso de geolocalizar escritores puede dar juego.
  • Libros en directo. He asistido en mi vida a 5 o 6 actuaciones de cuentacuentos. Menos de las que quisiera, pero suficientes para conocer la mecánica: bar con un pequeño escenario, a veces minúsculo, que organiza monólogos, cuentacuentos, magia o música en directo para atraer clientes. La primera consumición a veces cuesta el doble y ahí se viene a pagar la entrada. Los cuentacuentos traen un repertorio variado: cuentos tradicionales adaptados en unas ocasiones, cuentos originales en otras. ¿Y si uno tuviera la opción de comprarse el libro donde encontrar las versiones literarias de uno o varios de los cuentos orales que ha escuchado? Probablemente haya algunas ventas en el propio local.

De momento las ideas son ramplonas, pero confío en dar con algo más original. Me encuentro en esto cuando entra un chaval a la cafetería donde me encontraba comiendo y anotando ideas. Trae un paquete de libros. Muy tímido y educado, el joven se dirige a una chica que estaba tomando un café a solas. La más guapa del bar, también. Le dice que es escritor, que se autopublica y que además los promociona y los vende. Le deja un ejemplar en la mesa sin compromiso para que lo mire. Luego hace lo mismo conmigo. Echo un vistazo a su libro. La sinopsis de la contraportada ni fú ni fá, pero por dentro parece cuidado y bien editado. Le doy una oportunidad. Vuelve igual de tímido y educado que vino. Es argentino y no esconde su acento. Le digo que quiero que me lo firme. Él sabe que tiene que decirme cuánto cuesta antes de nada. Son doce euros, noto que no es su parte favorita de la conversación, es escritor, maldita sea, no vendedor. Le tengo que dejar yo el bolígrafo porque viene desarmado. No debe de saber aún que su firma en ese momento y en ese lugar es valiosa. Me lo dedica. Se lo pago. Mientras anda buscando el cambio le suelto que yo también soy escritor para llenar el silencio incómodo de trasiego de billetes y monedas. ¿En qué estas trabajando ahora?, me dice apuntando su vista a mi libreta. En un librojuego, le digo. ¿De verdad? Coge su novela, busca una página y me enseña una referencia que en un momento dado hace uno de sus personajes a «Elige tu propia aventura». Él cree que aquello es una gran casualidad. Si le llego a decir que no estaba con un librojuego, sino que estaba pensando maneras de vender libros en bares justo cuando entró, lo mismo se marea del susto.


«Pastelería América III», el lugar de los hechos, foto de TripAdvisor

Esta anécdota es totalmente real, aunque parezca más un cuento. Es así conocí a Emmanuel Marzía y adquirí su libro «Madreselva» para mi biblioteca dedicada, con anécdota incluida. Me llevé una lección de regalo sobre el empeño y lo que significa tener ganas de progresar como escritor. «Madreselva» está ya en mi lista de lecturas pendientes; algo me dice que será una novela interesante y que habrá próxima reseña en esta web.

 

Alcorque nº 3 (1995)

Revista Alcorque, nº 3 (diciembre 1995)

Los dos primeros números de Alcorque se crearon en el aula de literatura del curso escolar 1994-1995. La experiencia de aquel curso, incluida la revista, me encanto, y volví a matricularme al año siguiente. La profesora, Consuelo Cerejido, tuvo la habilidad de plantear un curso de escritura apropiado tanto para los que veníamos del año anterior como para los nuevos.

Una de las incertidumbres era si seguiríamos adelante con la revista Alcorque. Sí, lo hicimos. Varios de los compañeros del curso pasado volvíamos a estar juntos y con ganas de continuar el proyecto.

Entonces hacía ya un par de años que conocía a Raúl Yebra y nos habíamos intercambiado varios cuentos. Nos presentó Miguel Ángel Viejo, mi mejor amigo del colegio. Nos dejamos de ver paulatinamente cuando terminamos la EGB y fuimos a parar a institutos diferentes. Cada vez nos veíamos menos, y en una de esas me presentó a Raúl. Cuando me habló de él la primera vez me dijo algo así como «Está loco y también escribe, te lo tengo que presentar». Quedamos varias veces y comprobé que su locura era en realidad una creatividad desbordada. Supongo que en algún momento le recomendé los cursos de creación literaria y, este año, Raúl también se matriculó y fuimos compañeros de clases.

«El bosque de las almas en pena» fue el relato que Raúl publicó en el número 3 de Alcorque. Yo incluí «El aroma de las estrellas», un cuento que mejoraba sin duda mis trabajos anteriores para los números 1 y 2 de la revista. Mis amigos Ana Garrido y Juan José Alcolea se decantaron por los poemas «Vértice» y «Una tarde cualquiera de otoño», respectivamente. Otros títulos de las obras allí incluidas me traen sensaciones especiales, como «Borobudul», «Relumino» o «Interior de un cuadro sin luz», y me he descubierto con cierta resistencia a continuar más allá del título por si, después de tantos años, una nueva lectura pudiera hacerles perder su magia. Existe, o debe existir, el derecho a no releer algo que nos gustó mucho tiempo atrás, igual que existe el derecho a dulcificar los recuerdos.

La genialidad de Yolanda Núñez estaba presente de nuevo. Su técnica de maquetación artesana y su habilidad para explotar las posibilidades de las fotocopiadoras se encuentran por toda la revista y, sobre todo, en las páginas centrales. Nos divertimos con las manualidades navideñas que incluimos entre todos. Aquel diciembre, antes de irnos de vacaciones, quedó lanzada. Había pasado casi un año desde el primer número de Alcorque, que vio la luz el febrero anterior. Yo, encantado de haber publicado en tres ocasiones durante aquel año de 1995 gracias a la revista y a la Universidad Popular de Alcorcón.

 

 

La reina de los cuervos

Existen lugares mágicos. Uno de ellos es Libros de Arena, en el barrio de San Blas – Canillejas de Madrid.

Conocí a José Ángel Fornás, regente de esta librería, allá por 2008 en un contexto que nada tenía que ver con libros. Coincidimos por trabajo en un proyecto de I+D+i sobre tecnología y turismo. José Ángel era uno de los ingenieros en aquel proyecto, y mantuvimos contacto profesional durante algunos años. En 2018, y cuando ya hacía mucho que no sabía nada de él, descubrí a través de LinkedIn que ahora José Ángel ya no se dedicaba a la informática, sino que había puesto en marcha su propia librería. Le escribí inmediatamente un correo electrónico. Retomar el contacto fue una estupenda noticia para ambos y quedé en visitar la librería y vernos en persona en cuanto fuera posible.

La casualidad quiso que el 17 de marzo pudiera por fin visitar Libros de Arena y que, además, esa misma tarde José Ángel organizara la presentación de un libro. Cuando vi de qué autora se trataba me llevé una alegría adicional: Minerva Gallofré, escritora y editora en Tres Inviernos. Tuve la oportunidad de conocerla el verano anterior en el III Encuentro Interactivo Dédalo. Fue una de las ponentes que más me gustó en aquella jornada llena de librojuegos y ficción interactiva, y me encantó la idea de encontrarla de nuevo.
Llegué a Libros de Arena y saludé a José Ángel. Le vi feliz y, en el primer vistazo que eché al interior de la librería, pude ver que se trataba de un lugar especial, creado con cariño y esfuerzo. Saludé también a Minerva.

Eramos pocos los privilegiados que nos congregamos aquella tarde en Libros de Arena. Nos sentamos dispuestos a atender a la presentación de La Reina de los Cuervos, un cuento popular alemán adaptado en formato de álbum ilustrado. Minerva nos leyó el cuento completo. La librería se transformó en un bosque nocturno y nos agrupamos entorno a un fuego para escuchar aquella historia centenaria sobre cuervos, magia, princesas y brujas. Hacía mucho que no me contaban un cuento y la experiencia fue un regalo de un trozo de infancia. La Reina de los Cuervos responde a las principales premisas de los cuentos de hadas, con una estructura firme, casi matemática, de narración alemana, con todo el encanto de los reinos fantásticos del norte y la atrocidad original de los cuentos. Como bonus extra, me llevé el descubrir el género del álbum ilustrado. Minerva nos ofreció una visita guiada por la obra, recorriendo los detalles y explicando el significado de cada ilustración. Me aseguré de hacerme con un ejemplar de La Reina de los Cuervos firmado por la autora, en ese momento y en ese lugar, para incorporarlo a mi biblioteca de libros dedicados.

Ya diluidos el bosque nocturno y el fuego que se había creado con la lectura de ficción, continuamos con una conversación sobre escritura y libros. Algo de magia flotaba aún. El camino de vuelta a casa lo hice recordando los cuervos que se dejaban ver en Reading aquel año que pasé en Inglaterra. Poco a poco, la carretera me devolvió a la realidad, pero sabía que llevaba conmigo un cuento al que recurrir cada vez que quisiera volver al Reino de los Cuervos.

 

Nota adicional: si mi Naksatra incluye un «cómo se hizo» en el propio libro, La Reina de los Cuervos cuenta con una entrada en el blog de Minerva que explica también cómo se creó el libro, y que puedes leer en este enlace.

Universo de tinta (homenaje a Stephen Hawking)

Una gota de tinta cayó en el folio en blanco. En un instante quedó impreso sobre el papel un manchurrón completamente negro en su centro y con salpicaduras cada vez más espaciadas en los alrededores. La tinta aún se extendió un poco más hasta que quedó seca. Aunque irregular, la figura generada presentaba una forma inequívocamente redondeada.
—Así se formó el Universo —dijo el profesor Cepeda. Su sobrino le miraba incrédulo. Aquello era más extraño aún que la historia de las jarras filóticas—. Evidentemente, es un modelo simplificado. La superficie del folio representa el espacio-tiempo, pero reducido a un plano de dos dimensiones en lugar de las tres que tiene en la realidad. El impacto de la gota de tinta apenas dura un instante y representa el Big Bang, sus primeros momentos. Desde el punto de vista del papel, que solo tiene dos dimensiones, parece que la tinta, la materia del Universo, ha aparecido de la nada. Pero tú y yo hemos sido testigos de lo sucedido en tres dimensiones y por eso sabemos que el Universo no ha surgido de la nada, sino que es el resultado de que la gota de tinta impacte o se proyecte sobre una superficie.
—O sea —el niño se rascó detrás de la cabeza y tardo unos segundos en hilar su razonamiento—, que si solo nos fijamos en el folio, parece que la tinta ha aparecido de la nada.
—Exacto, ¡muy bien! Mi teoría es que el Universo donde vivimos, de tres dimensiones, es una proyección del Universo real de cuatro dimensiones. Es el resultado de algún proceso o evento cuatridimensional equivalente a la gota de tinta. —El profesor Cepeda tomó aire—. Y podemos ir más allá. Si forzamos la tinta a llegar al borde del folio, allí se encontrará con una línea y ya no tendrá dos dimensiones en las que seguir expandiéndose. Algo parecido ocurre en la realidad, ¿sabes dónde?

El niño negó con la cabeza y el profesor Cepeda continuó inmediatamente.

—¡En el horizonte de sucesos de los agujeros negros! Estas regiones han quedado reducidas de tres a solo dos dimensiones. No se sabe lo que hay más allá del horizonte de sucesos. Los científicos lo llaman singularidad porque no puede explicarse. Igual que el Big Bang, que también es una singularidad. Y por eso creo que la singularidad de un agujero negro puede resolverse de la misma manera: planteando una cuarta dimensión.
—¿Y qué tiene que ver todo esto con la peperomia obtusifolia, tío?
—Sería muy largo de explicar, pero es suficiente con que entiendas una única idea: la translógica puede parecer inexplicable en tres dimensiones, pero toma sentido y coherencia en un modelo matemático cuatridimensional.

Aquella noche, el niño soñó con estrellas, agujeros negros y el Big Bang.

 

En homenaje a Stephen Hawking
Puedes saber más sobre la translógica, la peperomia obtusifolia y las jarras filóticas en Naksatra.

Alcorque nº 2 (1995)

Revista Alcorque, nº 2 (junio 1995)

En junio de 1995, y para despedir el curso de creación literaria de la Universidad Popular de Alcorcón, publicamos el segundo número de la revista Alcorque.

El planteamiento parecía que sería similar al del primer número, pero ocurrieron varias cosas que le dieron a este mucha más fuerza. Las ilustraciones ganaron en calidad, comenzando por la propia portada. En esta ocasión, no imprimimos los ejemplares en un servicio de reprografía, sino que utilizamos los recursos y la fotocopiadora de la misma Universidad Popular de Alcorcón, y eso la hizo aún más artesana que la primera. Pero, sobre todo, tuvimos a Yolanda Núñez.

Yolanda irradiaba una energía especial. Era todo nervio y buen carácter. Se echó al hombro la revista y tiró de ella, de todos nosotros. Revolucionó la maquetación: la sacó de los corsés del software de oficina de la época y trabajó con tijeras, pegamento y rotuladores sobre los grandes pliegos A3 originales. Supo crear una tremenda complicidad entre nosotros. Ya no era tan solo la revista del aula de creación literaria que cargaba su peso en la profesora del curso para poder flotar, se había convertido en algo autónomo, de todos y mucho más fuerte.

Volví a publicar junto a mis compañeros del primer número y, además, se nos sumó Juan José Alcolea. El número 2 de Alcorque fue el primer proyecto que tuvimos en común  él, Ana Garrido y yo. Años más tarde, ingresaríamos en Verbo Azul y cogeríamos las riendas juntos de La Hoja Azul en Blanco. Pero esa es otra historia y debe contarse en otra ocasión.

Publiqué dos textos, el cuento «Sekuestro doble» (sí, a mis 16 años no sabía bien cómo ser rebelde, y utilizar la letra ka en cualquier sitio no me parecía tan mal) y «Hada», un poema breve, adolescente también, del que me sigue gustando el ritmo.

Este segundo número fue poderoso y mágico. El árbol lector del dibujo de portada me encanta, la verdadera imagen de lo que para mí significa esta revista. Y mucho más. Si es verdad que, cuando uno muere, se agolpan las imágenes de lo más importante que ha vivido, para mí esta portada será sin duda una de ellas.

Animo a todo el mundo a imprimir un par de cuentos o poemas y, después, dejar de lado el ordenador, desplegar en la mesa de trabajo un gran papel A3, revistas, tijeras, rotuladores y pegamento, recortar nuestros textos impresos y cualquier cosa con lo que nos apetezca rodearlos y montar una obra artesana.

Este ejemplar bien podría ser una pieza de coleccionista. Creo que la experiencia en Alcorque tiene mucho que ver con que hoy en día guarde con cariño cualquier libro de tirada ultracorta que caiga en mis manos, y mucho también con que me guste tanto leer escritores aficionados o independientes.

Leper Messiah

James Hetfield, un poco desenfocado por mi maestría con el móvil

No me esperaba que Metallica tocara su tema «Leper Messiah» en el directo del pasado 3 de febrero, aunque tengo que confesar que solo me fijo en la lista de canciones que una banda lleva en directo si voy a ir al concierto, y quizá sea una pieza habitual en su  repertorio. A mí me sorprendió porque no identificaba el «Leper Messiah» como uno de los más exitosos y, sin embargo, me trajo muy buenos recuerdos.

Por un momento, me vi de nuevo en mi habitación de adolescente, con el «Master of Puppets» puesto en el radiocasete e intercalando los deberes del instituto con la escritura de algún texto literario. Sí, entonces hacía todo esto con música. Podía pasarme la tarde entera, cuatro o cinco horas, estudiando o escribiendo con guitarras eléctricas de fondo. Leer no, para eso necesitaba silencio. Jugaba a desarmar y armar los bolígrafos con sus piezas de plástico y sus muelles para despejarme o, mejor, me asomaba a la habitación de al lado a enredar con mi hermano.

Un gustazo volver a ser adolescente con Metallica, y con mi hermano también al lado en el concierto.

Alcorque nº 1 (1995)

Revista Alcorque nº 1 (febrero 1995)

La primera vez que publiqué fue en 1995, en la revista Alcorque del aula de creación literaria de la Universidad Popular de Alcorcón. Cada uno de los compañeros de aquel curso de escritura contribuimos con un cuento. Guardo aún un ejemplar de esta revista. Hoy he querido sacarlo de la estantería para traerlo a este blog y recordar aquella primera aventura de publicación.

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La Hoja Azul en Blanco 22

Cuando pronuncio, verbal o mentalmente, «la hoja azul», me llena un sentimiento de profundo cariño. Es la revista literaria de Verbo Azul, esa que me da la oportunidad de trabajar con mis amigos escritores de Alcorcón, esa a la que dediqué tantas horas en una etapa anterior, y que vino a rescatarme después para hacerme retomar la escritura.

El 16 de enero de 2018 presentamos el número 22 en el centro cultural Viñagrande de Alcorcón. Llegué todo lo pronto que el horario de trabajo y el tráfico me dejaron, pero entré ya con el teatro a oscuras y mis compañeros, Ana Bella y Juanjo, ejerciendo de maestros de ceremonias en el escenario, dando paso a las lecturas de poemas y cuentos y a la música. Llegar tarde y sin luz me permitió sentarme de forma discreta y jugar a imaginar que era un espectador lejano, no un miembro de Verbo Azul con un cuento publicado en esta revista, y me entregué a disfrutar de las voces de los compañeros que, sucesivamente, se acercaban al atril para regalar versión oral de sus trabajos.

Dos guitarras atendían a la izquierda del escenario. Su promesa se materializó. Hubo música y canción.

Y me sentí como en casa.

Gracias, compañeros.

 

Nigredo en Fábula

Sigo «de gira» con Nigredo. El próximo viernes 17 de noviembre de 2017 a las 19:30 horas lo presentaré en la Librería Fábula de Alcorcón, acompañado por Juan Miguel Lorite.

Alcorcón es mi cuna literaria. En esta ciudad aprendí a leer y a escribir; aquí puse en marcha mis primeras ficciones, recibí mis primeras clases de creación literaria, obtuve mis primeros premios y fui arropado por el ambiente cultural de su Universidad Popular y por los compañeros escritores de Verbo Azul. Después de presentar Nigredo en Madrid el pasado día 24, tenía pendiente hacerlo en mi querido Alcorcón.

El lugar es inmejorable: la librería Fábula, y más ahora que acaba de inaugurar el espacio del atelier con cabida para cursos de creación literaria, de pintura y, por supuesto, para presentaciones de libros. Es una librería con encanto, de esas que permiten plantarse delante de los estantes y repasarlos despacio. Al frente de Fábula está Ricardo, con quien tuve la ocasión de compartir clases de creación literaria hace ya más años de los que me gustaría confesar. Además de anfitrión, es compañero de letras. ¿Qué más puedo pedir?

La presentación del pasado 24 de octubre en Madrid transcurrió en un evento compartido con otros autores y con los tiempos muy pautados. Juan Miguel y yo repasamos el proceso creativo de Nigredo y solo pudimos comentar algún detalle adicional. En esta ocasión, la presentación en Fábula es dedicada en exclusiva y, aunque no tenemos pensado demorarla más allá del tiempo imprescindible, sí que podremos plantear mayor debate y preparar alguna sorpresa adicional que no pudimos mostrar en la anterior ocasión.

Espero que nos veamos y poder dedicarte un ejemplar.

Una caja de libros

Un momento muy especial para un escritor es aquel en el que llega a casa una caja con los ejemplares de un nuevo libro. El 9 de octubre recibí los ejemplares de Nigredo, el recopilatorio de microrrelatos escritos en piedra en el que llevo trabajando desde agosto del año pasado.

Me encantó el resultado, el color y el brillo de las hojas, los acabados, el tacto y el conjunto tan agradable de sostener en las manos y hojear. Es un libro singular, artístico y literario, un capricho que nos ha llevado muchas horas de trabajo tanto a Juan Miguel en la labor de diseño y edición como a mí en la creación del contenido.

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Aquí está Nigredo, mi primera incursión en la escritura en piedra, repleta de microcuentos oscuros acechando entre sus páginas. Lo presentaremos el próximo 24 de octubre en la librería Estudio en Escarlata de Madrid, en el marco de la Semana Gótica de Madrid, y seguramente lo siga moviendo en otros lugares donde ya se han interesado por él.

Escrito en piedra en la Semana Gótica de Madrid

El próximo 24 de octubre presentaré Nigredo: escrito en piedra en la librería Estudio en Escarlata. La actividad se enmarca en la Semana Gótica de Madrid 2017, y su formato es algo fuera de lo común. En primer lugar, somos cuatro autores que hablaremos de nuestras obras en lugar de la clásica presentación individual. Pero lo más interesante es que nos enfocaremos en el proceso creativo, en cómo se ha hecho la obra, las anécdotas y, en definitiva, todo aquello que aporta originalidad.

Nigredo es un libro, pero también una colección de piedras, un recopilatorio de microrrelatos o una exposición de fotografía. No se me ocurre un tipo de presentación más apropiada para Nigredo que la que se ha planteado para este evento. Además, la temática de lo inquietante, lo fabuloso, lo maldito y lo terrorífico de Nigredo encaja como un guante con la temática de la Semana Gótica de Madrid.

Además de los artífices de las otras tres obras que se presentarán el día 24, me acompañará Juan Miguel Lorite, amigo y diseñador editorial que ha sido pieza clave para construir, a partir de un conjunto amontonado de piedras y cuentos, el Escrito en piedra del que estoy tan orgulloso.

 

 

Zumo concentrado de Diludia

Voy a cerrar la web en la que he trabajado tres años.

Así dicho de sopetón suena muy contundente, pero puedes imaginar que me ha costado unas cuantas semanas tomar esta decisión.

Mi web Diludia se ha cobrado muchas horas de trabajo. La inicié el 23 de abril de 2014 y ha sido mi casa digital hasta que le metí el freno de mano a principios de 2017. Publiqué en total unas 120 entradas y, sí, da pena cerrar algo que ya tiene un volumen tan generoso de contenido.

El esfuerzo puesto en esta web ha merecido la pena. Gracias a Diludia aprendí sobre blogging, la gestión de un espacio web y la ficción en toda su amplitud. Ha sido todo un máster de learning by doing. También aprendí al documentarme sobre una buena cantidad de temas. Incluí artículos sobre creación literaria, reseñas de libros, textos invitados de otros autores…

Este carácter tan general fue, precisamente, su perdición.

Comencé el proyecto con la idea de crear un gran sitio web sobre literatura, con foros al rojo vivo, textos originales y cientos de usuarios. El tiempo y la cruda realidad lo redujeron a un blog. La variedad de temáticas, más que dotarle de un carácter generalista, provocó que el foco de Diludia diera tumbos. No era una web de reseñas, tampoco una de consejos, técnicas y herramientas para escritores, tampoco una web de autor, unos foros o un lugar donde se publicaran textos originales, aunque tenía sal y pimienta de todos estos aspectos.

La experiencia me ha servido también para buscar y encontrar ahora lo que quiero. Por eso ahora he decidido centrarme en esta sencilla web de autor.

Muchas de las entradas de la vieja Diludia merecen la pena. La sección de cuentos invitados me encanta. Publiqué veinte de este tipo. El proceso era delicioso: contactar con un autor, pedirle un cuento, recibir un sí o un no, leer el texto, convertirlo en una entrada, volverlo a leer, informar al autor, leerlo de nuevo… Siempre tuve la intención de contribuir a la difusión de autores interesantes, aunque me temo que por lo general ellos aportaban más a Diludia de lo que recibían a cambio. También algunos de los artículos de producción propia merecen permanecer online y me apena de verdad saber que, en cuanto se acabe el contrato con el hosting que las sostiene, desaparecerán. Por eso he rescatado en mi disco duro una copia de Diluda al completo. Tengo la intención de reeditar algunas de las entradas más interesantes, de actualizarlas, mejorarlas y publicarlas en este blog de autor. Sí, aquí voy a ir sirviendo poco a poco zumo concentrado de Diludia.

Puedes intentar visitar el Diludia original en www.diludia.com, aunque es probable que ya no exista o que el dominio haya sido adquirido por otra persona y lo esté usando para algo totalmente diferente de la literatura.

Adiós, viejo amigo. Han sido tres años fantásticos, ¡descansa en paz en el limbo de los blogs perdidos!

 

Escribir a máquina: el punto de mira

Pertenezco a la última generación que ha utilizado máquinas de escribir.

Recuerdo cuando uno de estos aparatos entró en casa por primera vez. Yo era solo un niño pero ya escribía cuentos a mano. Tendría alrededor de diez años. Aquella máquina, una Olympia AEG Traveller de Luxe portátil, tenía unos materiales de un olor característico, exigía cierta fuerza en los dedos para imprimir las mayúsculas (el rodillo al completo se alzaba con todo su peso al pulsar esa tecla) y tenía tendencia a desplazarse sobre la mesa si uno tecleaba demasiado deprisa o saltaba de línea con brío. Y, por supuesto, sonaba como una ametralladora.

Creo que mis padres eran totalmente conscientes de que me haría una gran ilusión escribir a máquina porque me encantaba inventar mis propias historias, por mucho que la excusa oficial fuera la del uso académico. En aquella época, mis profesores aceptaban trabajos escritos a mano sin ningún problema. Sospecho que incluso lo preferían así, porque eso les aseguraba que el trabajo lo había realizado el alumno y no lo había tecleado nadie por él.

Rellené cientos de páginas con aquella máquina, hasta que compramos un ordenador y entonces pasó a segundo plano. Incluso salió de casa y acabó relegada al pueblo, donde van a parar tantos objetos para afrontar su etapa final.

En una de mis últimas visitas al pueblo, rescaté la vieja Traveller de Luxe y me la traje a Madrid. Gracias a Amazon encontré un carrete de tinta y, como si volviera a fluir la sangre por sus piezas mecánicas, resucitó. Otra vez el olor de sus materiales, su sonido y su textura de casi treinta años atrás. Mis dedos despertaron por la exigencia de unas pulsaciones más enérgicas, después de tanto tiempo adormilados en teclados ergonómicos y silenciosos de ordenador.

Hasta aquí la parte romántica, que seguro que comparto con otros de mi edad, pero que a los más jóvenes les sonará a batallita. Sin embargo, descubrí también cosas nuevas al recuperar mi Olympia, algunas características que podrían hacer considerar a la máquina de escribir una alternativa para redactar ficción incluso hoy en día, que vivimos rodeados de ordenadores y software de escritura maravillosos. Voy con ello: seis razones para escribir con una vieja máquina.

El punto de mira. La máquina de escribir mecánica tiene un punto de mira en todo el centro. Un punto de mira fijo, violento, que no se mueve. El papel es el que se desplaza, de derecha a izquierda según se avanza por el renglón y de abajo a arriba según se cambia de líneas. Podemos quemar el foco de generación de letras con las pupilas, escribir concentrados en un único maldito punto, sin distracciones, y como si estuviéramos disparando. Los editores de texto de un ordenador obligan al ojo a moverse, a seguir el cursor, y eso en cierto modo nos convierte en borregos. Nos hace bajar la vista a cada cambio de línea y podemos acabar mirando abajo del todo en la pantalla, como si nos inclináramos ante el ordenador. La máquina de escribir nos hace más altivos, nos fuerza a concentrarnos en un punto y nos posiciona como los jefes y controladores de nuestra historia. Sí, hay procesadores de texto que ofrecen una opción con ese comportamiento, pero ninguno lo trae activado por defecto y por lo general sólo bloquean el desplazamiento vertical, pero no el horizontal. La máquina de escribir nos mantiene al teclado, nos coloca el papel donde debe estar, no nos obliga a soltar los mandos para coger el ratón ni nos distrae las pupilas por los rincones de una pantalla llena de pulgadas.

Escribir con fuerza. Estoy convencido de que tanto el sonido como la tensión extra necesaria para mover las teclas de una máquina mecánica influyen en la manera de redactar. Sería muy arriesgado aconsejar máquina de escribir para novela negra o bélica y teclado silencioso para espiritual o romántica. Pero, ¿por qué no? El cerebro funciona de forma compleja y no me extrañaría que hiciera asociaciones entre la realidad física y el resultado de lo que estamos escribiendo.

A la primera. Ojo, en una máquina de escribir corregir es un horror. Es mejor arrancar el papel del rodillo, hacerlo una pelota, tirarlo y empezar la página de nuevo. No tiene sentido ninguno utilizar uno de estos cacharros para editar y pulir un texto. Pero quizá sí para redactar el primer borrador, ese en el que lo esencial es continuar y no perder el flujo de la historia, ese en el que manda el escritor creativo sobre el corrector o editor. Estoy convencido de que, además, a la larga es posible conseguir una disciplina de pocos errores. Los primeros ensayos con máquina de escribir mecánica nos harán sentir indefensos sin esa socorrida tecla de borrar, o sin esos controles para seleccionar, cortar, pegar, mover, revisar ortografía o mil cosas más. Estoy seguro de que, a cambio, se desarrolla una disciplina y una mejor capacidad para minimizar errores. Y, siendo honestos, en un primer borrador de un manuscrito, ¿de verdad importan tanto las erratas?

Sin distracciones. Las máquinas de escribir no traen redes sociales instaladas ni permiten ejecutar aplicaciones o navegar por Internet. Y eso es una gran ventaja cuando uno dispone solo de media hora para escribir y necesita de verdad concentrarse. De nada nos sirve si seguimos pegados al móvil, claro. Creo que no me equivoco si apuesto a que ahora mismo te encuentras a menos de un metro de distancia de tu móvil, ¿a que sí?

Escritura sensorial. Uno de los mantras (acertadísimo, por cierto) de los cursos de escritura y los consejos para autores es eso de que «hay que escribir con los cinco sentidos». Pues bien, la máquina de escribir tiene tacto, sus materiales huelen, fuerza a trabajar con papel que es también algo físico y puede incluso cortarte si rozas su canto, y suena como un demonio. Se supone que los cinco sentidos hay que ponerlos en la ficción, pero no está mal usarlos también en la realidad, seguro que contribuye.

En vivo y en directo. Es probable que hayas oído hablar de esos poetas que se ponen en la calle, o que acuden contratados como curiosidad en algún tipo de evento, y que redactan poemas o pequeños cuentos. Hay quien se ha ganado la vida durante meses vendiendo estos breves textos únicos a los transeúntes. Seguro que conoces las Polaroid, esas cámaras que imprimen la foto en el acto que tienen un encanto especial y tan diferente de las digitales. Pues bien, una máquina de escribir mecánica es la Polaroid de la literatura.

Seis razones para utilizar una máquina de escribir. No son nada comparadas con las cientos de ventajas del ordenador pero, ¿a que ahora mismo te apetece teclear sobre uno de esos cacharros?